'No busco el martirio, pero si me ataca un loco
por la calle me defenderé con mi cuchillo'
JAVIER
VALENZUELA
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Mohamed Chukri
nació en una aldea del Rif en 1935, bajo el
protectorado español. ( ZACHARIA DEFOUF
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Yo traducía en mi cabeza del árabe al español
y se lo dictaba a Bowles, que hablaba un buen español,
que luego lo traducía al inglés. Oye, un moro y un
americano se entendían en Tánger en
español
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Mohamed Chukri le pide al camarero que traiga 'una botella
del mejor vino que haya', y el camarero, que ha entendido
perfectamente a Chukri, aunque éste haya hablado en
castellano, trae una de Médaillon, un cabernet de la zona de
los Uled Thaleb, en Benslimane. Chukri prueba y aprueba el
vino. '¿El primer trago del día?', pregunta el periodista con
una sonrisa que indica que sabe que la pregunta es tonta y la
respuesta negativa. 'No', responde Chukri. 'Esto es vodka',
dice señalando el vaso con un líquido blanco que bebía antes
de la llegada del periodista. 'Aquí ya me he tomado tres; y en
mi casa, un whisky de Chivas para desayunar'. Chukri dirige la
mirada a un plato con rodajas de plátano bañados en otro
líquido y añade: 'Y eso tiene un poquito de Baileys'.
PREGUNTA. Usted siempre ha bebido mucho, ¿no?
RESPUESTA. ¡Ufff! ¡Barriles! Tabernas enteras, bodegas
enteras, grandes bares, pequeños bares, restaurantes,
burdeles, hoteles... He bebido sin parar.
P. Y sigue bebiendo.
R. ¡Claro! Mi cuerpo lo soporta hasta ahora. Y a mi
edad no tengo nada que perder. Nada que perder, oye.
Chukri nació en una aldea del Rif en 1935, en la época del
Protectorado español en el norte de Marruecos, y desde su
juventud vive en Tánger. A sus 67 años es un tipo de cabello
leonino y canoso, amplia frente cruzada por una cicatriz,
bigote de puntas caídas bajo una nariz de halcón y ojos chicos
y tan vivos e inteligentes como tristes. También es una
leyenda viviente de la literatura magrebí y árabe. En 1972
escribió El pan desnudo, el furibundo y doloroso relato
de su infancia y adolescencia en el rebelde y miserable Rif
ocupado por los españoles y en el Tánger cosmopolita de la
época internacional. Fue el retrato de un lugar y un tiempo
desde el lado de los que limpiaban botas, vendían cigarrillos
de contrabando, trapicheaban con quif, cometían pequeños
hurtos o se prostituían con los extranjeros. Luego, en
Tiempo de errores, Chukri contó su extraordinario
esfuerzo para convertirse en escritor desde su condición de
pícaro analfabeto. Ahora cuenta un puñado de historias
tangerinas, autobiográficas una vez más y de las que te
golpean al hígado, en Rostros, amores, maldiciones,
recién publicado en España.
P. Rostros arranca con los
personajes del bar Granada, unas prostitutas llamadas Lala
Chafika, Malika, Fati... Usted ha ido mucho de putas,
¿verdad?
R. ¡Mucho! Antes yo podía follar dos o tres veces al
día con mujeres distintas y luego hasta me masturbaba antes de
dormirme. Cuando tenía 19 años, hubo un día en que eché nueve
polvos. Claro, ahora sólo una o dos veces al mes, ya no estoy
tan en forma. Pero las putas de antes eran más cariñosas y
tenían cultura, al menos tenían cultura oral. Sabían contar
historias, ¿entiendes? Como Fati, Fátima, marroquí pura, de
Larache, que todavía vive en Dinamarca. Y las de antes tenían
tiempo. Las de ahora ponen el reloj y ni disimulan: 'Son
quince minutos'.
P. ¿Hay algún gran amor frustrado en su vida?
R. He tenido algunos amoríos. Pero yo me he casado con
mis lecturas, mis escritos y mis amigos. Y si me casara algún
día con una mujer, no querría tener un hijo. Temo comportarme
como mi padre se comportó conmigo, ¿entiendes? Siempre he
vivido con ese complejo.
El padre de Chukri era un desertor del Ejército colonial
español que ataba al niño Chukri a un árbol y le azotaba con
un cinturón de cuero, y que un día, en un arrebato de cólera,
estranguló hasta causarle la muerte al hermano de Chukri.
Chukri contó esa historia, y el odio al padre que enraizó en
su alma, en El pan desnudo. Y lo hizo del mismo modo
directo y descarnado con el que ahora habla en Rostros
de las prostitutas del Granada o de Alal, el hijo que
le hace una felación a su anciano padre para evitar que se
case de nuevo y tener que compartir su herencia. Así que sus
temas y su estilo le han convertido en un escritor maldito, en
un escritor que ha sido comparado al norteamericano Bukowski y
al cubano Pedro Juan Gutiérrez. Pero la condición de maldito
es aún más explosiva en el mundo árabe y musulmán. En 1989,
Chukri fue condenado a muerte por el régimen de Jomeini y en
los noventa sus obras fueron prohibidas en Egipto por la
presión de los ulemas.
P. Cuando salió la traducción al castellano de
El pan desnudo, Juan Goytisolo escribió
que usted había escrito la primera autobiografía árabe
honesta, sincera, verdadera. En el mundo árabe es rarísimo el
que uno proclame públicamente sus debilidades y sus vicios.
¿De dónde le viene la fuerza?
R. Las autobiografías árabes, que se cuentan con los
dedos de una mano, están escritas con pocas confesiones. Yo,
para escribir mi trilogía autobiográfica, me he servido más
bien de ejemplos occidentales, como san Agustín y sus
Confesiones, Jean-Jacques Rousseau, Somerset Maugham,
Colin Wilson, Les mots de Sartre, Juan Goytisolo y
Coto vedado... Estas lecturas me han dado coraje para
expresarme. Sabemos muy bien que la literatura árabe clásica
era más libre que la de ahora. Ahora abundan los tabúes. Pero
en la época preislámica y al principio del islam había una
literatura, como Las mil y una noches o El jardín
perfumado, que tenía más libertad de expresarse. Hubo una
decadencia en la cultura árabe, sobre todo cuando los árabes
salieron de España, hace cinco siglos. Se perdió la libertad
de expresarse y reinaron el fanatismo y la religión. Y la
religión lo ha matado todo, ¿entiendes? Los tabúes matan la
libertad, la creación.
P. El fanatismo también quiere matarles a Salman
Rushdie, Naguib Mahfuz y usted.
R. Sí, vamos para abajo, no para arriba. Pero esto no
me para, no es el muro de Berlín, ni es la Muralla de China.
Esto no me impide seguir escribiendo lo que escribo. Si a mí
me ataca un loco por la calle y me da una puñalada y muero, me
importa un pepino. Porque tú te vas pero la idea queda. Yo no
busco el martirio, pero si me toca la mala suerte, pues que
toque. No tengo miedo de seguir escribiendo tal como escribí
el primer libro. Yo también llevo conmigo un cuchillo. De gran
tamaño. No quiero irme solo al cementerio. Que vayan conmigo
uno o dos, oye. Puedo llevarme por delante uno o dos de esos
locos. No me voy solo.
P. Cuando le he contado a algunos amigos de la burguesía
tangerina que venía a la ciudad para entrevistarle, me han
dicho: '!Oh, no, Chukri da tan mala imagen de Tánger!'.
R. Claro, los compatriotas son a veces... Bueno, yo te
voy a hacer otra pregunta: esta gente que te dice que Chukri
da una mala imagen de Tánger, ¿quiénes son esta gente? Son
gilipollas, gilipollas sociales. Que te invitan a un tayín, un
cuscús o una harira en sus casas y no han leído ni media
docena de libros. Yo he leído cuatro mil libros y puedes creer
en mí más que en ellos. A ti te invitan a un tayín y a pasarlo
bien y a fumar unos pitillos de quif o de hash, pero, oye, no
te van a convencer con esto, ¿no? Lo que te convence más es la
palabra. Al principio existió la palabra. Éstos son cagones,
no han realizado nada en sus vidas.
P. Vale, Chukri. Hablemos, pues, de Tánger. Hubo tres
grandes ciudades cosmopolitas en el Mediterráneo árabe:
Alejandría, Beirut y Tánger. A Alejandría se la han cargado el
nacionalismo y el islamismo, pero con Beirut y Tánger aún no
han podido, aunque las han dejado pachuchas. Tánger sigue
siendo diferente, libre y canalla. ¿Tú cómo definirías
Tánger?
R. Hombre, Tánger es una ciudad mítica. Y el mito no se
explica. Si lo explicas cesa de ser un mito. Tiene sus
secretos.
La conversación se desarrolla en el tangerino hotel Ritz,
que no tiene nada que ver con los lujosos Ritz de París y
Madrid. Allí tiene su oficina Chukri, allí recibe por
las mañanas. Y mientras el escritor y el periodista almuerzan
y charlan, la botella de Médaillon mengua a marchas forzadas.
La charla es en castellano, lengua que Chukri, como tantos
tangerinos, habla con fluidez y gracia.
P. Chukri, a usted se le nota que le gusta mucho
España.
R. ¡Hombre, hombre! Yo he tenido aquí grandes amigos
españoles, a partir de los gitanos y los andaluces, que eran
como nosotros, marginados. Y también he tenido maestros,
profesores y escritores españoles que han sido y son mis
amigos. Pero nunca he tenido un amigo francés. Francamente. Y
con los ingleses y norteamericanos era otra cosa. Era para
follarles y para follarme. No físicamente,
espiritualmente.
P. ¿Lee a escritores españoles?
R. ¡Claro! Y también he traducido poetas españoles. He
traducido poemas de Bécquer, los Machado, Vicente Aleixandre,
Gabriel Celaya, Lorca, Labordeta, Susana March... Los he
traducido al árabe.
P. ¿Y cuál es su escritor español favorito?
R. Ahora me da la impresión de que América Latina ha
superado a España. Con Juan Rulfo, Cortázar, García Márquez,
Vargas Llosa... Esos nombres no tienen equivalentes en la
actual narrativa española. Pero admiro a Juan Goytisolo y
Torrente Ballester. Y de los clásicos, soy un gran admirador
de Cervantes.
P. ¿Los lee en español?
R. ¡En español! ¿En qué voy a leerlos?
Con la botella de tinto vacía y los estómagos apaciguados,
Chukri y el periodista se van a la casa del escritor, un ático
en un inmueble próximo al Ritz. Chukri sube los cinco pisos a
pie -no hay ascensor- y sin dejar de fumar. La casa es un
rastrillo de ropas, vajillas, aparatos electrónicos
anticuados, libros, folletos y fotos de Chukri con escritores:
Paul Bowles, Alberto Moravia, Jean Genet, Goytisolo, Tahar Ben
Jelloun... Hay también un retrato bien visible del líder
rifeño Abdelkrim. Chukri enseña a su invitado sus propios
libros, incluidas las 48 traducciones a otras tantas lenguas
de El pan desnudo, y su colección de muñecas
inválidas -así las llama él-; muñecas a las que les
faltan ojos, brazos, piernas, cabezas.
El periodista le ha traído a Chukri dos botellas de vino
Málaga, una de parte del arabista Bernabé López García, que
vivió muchos años en Tánger, y otra como regalo propio. Chukri
abre una, sirve dos vasos generosos y pone en el vídeo una
casete. Es una emisión de Apostrophes, el programa
televisivo de Bernard Pivot, de hace 20 años y aún en blanco y
negro. Chukri estaba invitado -'fue mi primera salida de
Marruecos'- a hablar del odio al padre con motivo de la
aparición en Francia de El pan desnudo. 'Ahora', dice,
'comprendo mejor a mi padre. Su violencia venía de la
violencia y la miseria en la que vivía Marruecos bajo el
colonialismo. Cuando me escapé de casa, yo vivía en los
cementerios para no ser violado por los mayores'.
P. Pero la cosa no ha mejorado tanto tras más de
cuarenta años de independencia. Las ciudades marroquíes están
llenas de niños, adolescentes y jóvenes que viven en chabolas,
se ofrecen como guías, venden chocolate,
se prostituyen o hacen de alcahuetes, sueñan con emigrar a
Europa en patera.
R. Ahora es casi peor, oye. Y yo sigo hablando de eso.
Estoy considerado un escritor pornográfico en el mundo árabe
porque hablo de la sexualidad. Pero intento dar algunos
valores en mis libros.
P. ¿Qué valores?
R. Yo estoy comprometido socialmente. Me inclino a
defender a las clases marginadas, olvidadas y aplastadas. No
soy Espartaco, pero creo que todas las personas tienen una
dignidad que tiene que ser respetada. Aunque no hayan tenido
oportunidades en la vida.
P. En el Tánger de los años cuarenta, cincuenta y
sesenta vivieron o recalaron personajes como Paul y Jane
Bowles, Truman Capote, Cecil Beaton, Tennessee Williams, Gore
Vidal, William Burroughs, Allen Ginsberg, Jean Genet, Alberto
Moravia, Jack Kerouac... Era la época del Tánger bohemio, del
Tánger jet-set, del Tánger
beatnik, del Tánger de los
globe-trotters. Y, sin embargo, usted
dijo una vez que esos extranjeros venían a Tánger 'como quien
va a ver saltar a un mono de árbol en árbol'. ¿También piensa
eso de sus amigos Genet y Bowles?
R. No lo pienso de Genet, que era auténtico, pero sí de
Bowles. Él vino aquí en busca de un Marruecos naif. Le
hubiera gustado que Marruecos siguiera como en los años
treinta. Bowles no amaba a los marroquíes, amaba a su propio
Marruecos. Casi todos esos extranjeros de la época dorada de
Tánger venían aquí en busca de exotismo y placeres, para fumar
quif y hash, para tener chicas, chicos... Yo no estoy
en contra de esa gente, pero a mí no me dieron la oportunidad
de vivir como ellos. Lo malo era vivir en el otro lado. Lo
malo era la humillación de los que vivíamos en el otro lado. A
mí también me hubiera gustado vivir esa buena vida. Pero la
buena vida de esa gente era a costa de aplastar a los demás. Y
aplastar a los demás es algo primitivo, ¿entiendes?
P. Pero Bowles le hizo un regalo: tradujo al inglés
El pan desnudo.
R. ¡Hombre, un gran regalo!
P. ¿Cómo trabajó con Bowles en la versión inglesa de
El pan desnudo?
R. Yo lo traducía en mi cabeza del árabe a mi español y
se lo iba dictando. Bowles, que hablaba un buen español, mejor
que el mío, lo iba escribiendo en su español y luego lo
traducía al inglés. Oye, un moro y un americano se entendían
entonces en Tánger en español.
P. ¿Está escribiendo algo nuevo ahora?
R. No, estoy corrigiendo cosas viejas. Oye, te voy a
hacer una confesión: yo quiero matar la fama que me dio El
pan desnudo. Escribí Tiempo de errores y no se
murió. He escrito Rostros y tampoco. El pan
desnudo no quiere morir. Y me aplasta. Me siento como esos
escritores aplastados por la fama de un solo libro. Como
Cervantes con Don Quijote, o Flaubert con Madame
Bovary, o D. H. Lawrence con El amante de Lady
Chaterley. El pan desnudo sigue sin morir, el hijo
de puta. Los niños por la calle no me llaman Chukri, me llaman
El pan desnudo. Ese libro me dice todos los días: 'Aquí
estoy, vivo'.
P. Así que va a seguir intentando matar El
pan desnudo.
R. ¡Claro! Yo soy cabezón. Soy Aries. Sabes que el lobo te
va a comer, pero le das cornadas. Rostros no es mi
despedida de la escritura. El escritor nunca se despide hasta
que lo llevan a su tumba.
P. Y usted no tiene la intención de irse pronto a la
tumba.
R. !No, no, no!
Vaciada la primera botella de Málaga, Chukri abre la
segunda. |